29 de agosto de 2018

Actualidad del negocio arrocero

¿Qué pasa con el arroz? Situación actual y perspectivas para el cereal

A mitad de camino entre un cultivo intensivo y otro extensivo, el arroz enfrenta el desafío de sobrevivir en un escenario de “números finitos”. A costos que se ubican por encima de los valores históricos y precios que no despegan definen un presente inestable para esta actividad característica del noreste argentino,  se suma la falta de un precio de referencia o futuro, que agregue claridad y previsibilidad a una cadena donde la comercialización parece llevarse la mayor tajada.

¿Qué características definen hoy a la actividad arrocera en la Argentina? ¿Cómo es el presente de ese negocio que, décadas atrás, supo estar en manos de colonos? A continuación, una síntesis de su evolución y el panorama actual de la mano de Alejandro Socas, coordinador de la región CREA Litoral Norte, y de Gerardo Cerutti, asesor del CREA Avatí Î arrocero y especialista en la materia.

Sistema de producción
El arroz experimentó una transformación importante en las últimas décadas, tanto en lo que respecta al sistema productivo como a los actores que intervienen en la actividad. El cultivo se siembra desde fines de agosto en el norte de Corrientes hasta el mes de noviembre en Entre Ríos, para ser cosechado entre fines de enero y abril, en el caso de los más tardíos. Como es sabido, permanece inundado entre 90 y 100 días de su ciclo productivo, lo que implica un consumo de agua importante. “Se lo siembra como un trigo, incluso con una máquina similar, y cuando llega al estadio de cuatro hojas se comienza a regar. Tradicionalmente se aplicaba una lámina de 15 centímetros, pero ahora con 5-7 centímetros alcanza. De todos modos, insume 1000 metros cúbicos de agua por hectárea”, enfatiza Cerutti.

Antiguamente, el riego se efectuaba a través de canales que traían el agua desde ríos o arroyos, lo que exponía el cultivo a posibles inundaciones; luego se pasó a un sistema que extraía el agua de pozos profundos (fundamentalmente en el centro-norte de Entre Ríos). Este sistema, que puede irrigar 40 a 100 hectáreas de arroz, sigue vigente, aunque limitado por sus altos costos. El modelo predominante en las principales zonas de cultivo es el riego con agua de represa, un sistema oriundo de Brasil desarrollado hace más de 30 años. “Se hace un dique y luego se irriga el cultivo a través de un sistema de bombeo (cuyo costo es considerablemente menor que el del bombeo de pozos profundos). Por lo general, las represas están dentro del establecimiento y permiten regar entre 300 y 5000 hectáreas de arroz”, explica Alejandro Socas.

Tal como ocurre en la agricultura tradicional, la actividad arrocera atraviesa un proceso de concentración creciente. De ser un cultivo primitivo, cultivado por pequeños productores y sus familias en las costas de ríos y arroyos, pasó a estar en manos de unas pocas empresas que están integradas con el resto de la cadena. “El mero productor de arroz ya casi no existe. De las 95.000 hectáreas cultivadas en Corrientes, solo el 10-15% es desarrollado por arroceros que venden su producción; todo lo demás está en manos de industriales. Esas empresas, que mantienen acuerdos con pequeños productores –a quienes en muchos casos financian– reciben el arroz en sus plantas de silo, lo acondicionan y lo exportan como arroz cáscara (casi como sale de la chacra), o bien lo procesan para venderlo como arroz blanco con o sin marca propia”, cuenta Socas.

Durante la recorrida, miembros del grupo CREA Avatí Î Arrocero observando y discutiendo sobre la realidad de un lote de arroz.

Aunque un altísimo porcentaje del área sembrada permanece en manos de no más de 10 empresas, en muchos casos ocurre que estas no son las propietarias de la tierra. Hoy el 50% del arroz cultivado en la Argentina se produce en campos de terceros. “Habitualmente, el dueño del campo aporta la tierra, y a veces, también el agua, mientras que el arrocero pone el capital, el personal y se ocupa del manejo del cultivo”, asegura Cerutti.

Tal fenómeno de concentración determinó que solo en Corrientes –principal provincia arrocera del país– el número de productores se redujera de 300 a 80 en pocos años. “Hoy en día, la Asociación Correntina de Plantadores de Arroz cuenta con unos 70 asociados, mientras que hace 10 años había 170”, advierte.

Además de esta concentración, la superficie sembrada también se redujo drásticamente en los últimos años. En la actualidad es de casi 200.000 hectáreas, que se ubican principalmente en Corrientes (90.000) y Entre Ríos (70.000). Por su parte, Santa Fe ronda las 30.000 hectáreas, seguida de Formosa (7000) y Chaco (4000).

Consumo interno y exportación
Con un consumo de 11 kilos de arroz blanco per cápita, el de la Argentina es el más bajo de toda Latinoamérica, un fenómeno que se agudiza en los grandes centros urbanos. “Brasil consume alrededor de 50 kilos per cápita, también en descenso. A medida que la gente mejora su poder adquisitivo, reemplaza alimentos con alto porcentaje de energía por otros con más proteína. Esto se advierte claramente en los países asiáticos, que antes consumían 150-180 kilos por año y ahora apenas llegan a un rango de 70-140”, señala el asesor del CREA Avatí Î arrocero.

Esta realidad determina que solo un 30-40% del arroz producido permanezca en el país, mientras que el resto se exporte. Tradicionalmente, el principal destino de nuestras ventas externas era Brasil, que hoy es abastecido en gran medida por Paraguay. En la actualidad, el arroz argentino se vende principalmente a Turquía, Panamá, México, Perú y algunos países de África y Europa.

“Desde hace unos seis años, la oferta procedente de Paraguay –con menores costos de producción y precios– empezó a crecer, lo que le permitió capturar el mercado brasileño. Además de disponer de mano de obra y riego más baratos, pagan menores costos de flete e impuestos. Nosotros, en cambio, tenemos un alto componente de costos determinados por el traslado. El flete terrestre es muy oneroso: cuesta prácticamente lo mismo traer el arroz en camión desde Corrientes hasta puerto Guazú (en el sur de Entre Ríos) que enviarlo en barco a Centroamérica. ¡Es una locura!”, advierte Cerutti.

El técnico explica que el del arroz es un mercado de excedentes, ya que los principales países productores (Asia, incluyendo India y Pakistán) son a la vez grandes consumidores. En muchos países asiáticos, el abastecimiento es una “cuestión de Estado”, por lo que comercializan solo los excedentes de la producción. Sin embargo, el arroz no se comporta exactamente como un commodity, ya que no existe un precio pizarra que se pueda tomar como referencia. “Se trata de un mercado totalmente abierto. No se puede fijar un precio de venta, como ocurre con el maíz, el trigo o la soja. Tampoco existe un mercado a término. Por esta razón, la situación es más compleja que con otros granos, ya que –además– hay distintos tipos de arroz, los cuales se destinan a diferentes mercados, regiones y paladares, como el asiático, el americano, el europeo o el sudamericano. Todas estas cuestiones atentan contra la posibilidad de efectuar una buena planificación”, subraya.

Evolución del negocio
El negocio arrocero es, desde hace tiempo, un negocio de números finitos caracterizado por precios estancados, costos en alza y un rinde de indiferencia que sube año tras año. Eso explica el fenómeno de concentración creciente que caracteriza la actividad.

En la última etapa del gobierno anterior y comienzos del actual, el sector experimentó una importante crisis que lo dejó mal parado. “Ahí hubo un parate que duró prácticamente seis meses durante los cuales no se pudieron concretar operaciones. La campaña 2016/17 fue realmente muy complicada en lo económico, porque el precio estaba muy atrasado; incluso debieron manejarse sin precio durante mucho tiempo”, relata Alejandro.

Además, se configuró una situación climática que complicó seriamente la producción, con un año Niño que trajo grandes precipitaciones. “El productor de arroz junta el agua utilizando represas o extrayéndola de los ríos, por lo que durante el cultivo es mejor contar con buena radiación solar, temperatura adecuada y pocas lluvias. A diferencia de lo que ocurre en un cultivo de secano, en cultivos de riego como el nuestro un año Niño puede ser una catástrofe. Si hay muchos días nublados, no hay kilos”, puntúa Cerutti.

La campaña 2017/18 –que acaba de concluir– presenta cierta mejoría respecto de la anterior. “Los rendimientos han sido particularmente satisfactorios, porque después de tres años Niño, este fue más seco y hubo muchos días de sol. Hay interés en seguir realizando inversiones, y ello se evidencia en la construcción de nuevas represas o ampliación de las existentes… Son todas acciones que están retornando después de una etapa bastante prolongada”, señala Socas.

No obstante, aunque el rinde mejoró respecto del ciclo 2016/17, los precios no dejan de estar en valores históricos medios o bajos, con costos elevados: el arroz cáscara arrancó en 200 U$S/t y hoy está en 175 o menos. “El rinde de indiferencia es cada vez más alto, por eso se observa esa concentración tan grande. Hoy el arroz tiene un costo de 1500 U$S/ha, con lo cual, con un precio de 200 U$S/t, se necesitan 7500 kg/ha para salir hechos”, enfatiza Cerutti. Para tener una idea de lo que esto significa, los mejores arroceros de la Argentina –ubicados en el sur de Corrientes y norte de Entre Ríos– obtienen un rinde promedio de 9500 kg/ha, mientras que en zonas marginales, 7000-7500 kilos son considerados buenos rendimientos.

¿Dónde está, entonces, la ganancia para las empresas? La integración vertical es cada vez más importante y la apuesta está, muchas veces, en el valor que se agrega tras la cosecha. “Hay mucho valor por capturar hasta que el producto llega a la góndola. Por esta razón, los productores soportan no tener un buen precio en su faz productora: saben que recuperarán algo de la renta en la industrialización y comercialización posterior. Si se industrializa la propia producción de arroz (secarlo, pelarlo o descascararlo, y llegar al integral y al blanco), es posible captar una parte importante de ese valor”, asegura.

Los grandes “males”
Pero ¿qué encarece tanto la producción de este cereal? La distribución de costos depende mucho de la zona; en general, el principal gasto es el arrendamiento. “Si la producción no se desarrolla en campo propio, de los 7500-8000 kg/ha de rinde, aproximadamente unos 1000-1500 kilos se destinan a pagar tierra y agua. En campo propio, en cambio, hay que considerar el costo de oportunidad”, señala Cerutti.

El segundo lugar se lo disputan el riego y la fertilización, que en el caso de campos de baja calidad, constituyen una inversión obligada. Ambos pueden llevarse el 20-25% del costo total. Todo lo demás −aseguran− es complementario: las labores, que son cada vez menos porque se evolucionó hacia una labranza mínima, y el personal, cuyo costo se viene incrementando en los últimos años. “Un aguador puede atender unas 150 hectáreas, pero esa es solo la punta del iceberg. Hay que preparar el suelo, sembrarlo, cuidarlo, con lo cual de todo el costo de preparación del cultivo, una gran proporción corresponde a este rubro, que tiene un peso importante”, enfatiza Cerutti.

Otro insumo no menor es la energía. “Su costo ha crecido mucho y es elevado, sobre todo cuando se genera a través de gasoil. Y si bien hay muchos productores que se están pasando a energía eléctrica, el cambio tampoco es sencillo, ya que exige una inversión importante. Por otra parte, el costo energético varía notablemente entre provincias. Entre Ríos −además de tener una proporción mayor de pozos con gran consumo energético− debe hacer frente la actividad con un valor del kilovatio superior al del resto de la región”, señala el técnico.

Otro gran tema es la comercialización y la dispar captación de la renta dentro de la cadena arrocera en función del capital invertido y de los riesgos asumidos: “En la Argentina, el arroz jamás va a ser caro para el consumidor. Por otro lado, es de los alimentos que presentan mayor spread entre el precio que recibe el productor, por ejemplo 4 $/kg, y los 20 o 30 con que llega a la góndola”, lamenta.

Además de no tener un precio de referencia, el arroz es un cultivo intensivo por el trabajo y el gasto que implica en muchas hectáreas. “El desafío entonces está en obtener la mayor producción física posible para bajar el costo por kilo producido. ¿De qué manera? A través de la profesionalización y la incorporación de tecnología”, insiste.

Expectativas futuras
¿Cómo se imaginan el negocio en el futuro? Las pocas probabilidades de que ingresen nuevos actores a la actividad permiten suponer una superficie cultivada estable en el mediano a corto plazo. “En mi grupo, creo que se repetirá la misma superficie –unas 30.000 hectáreas– y que seguirá creciendo la aplicación de tecnología, aunque con mucha cautela, porque el precio sigue siendo bajo y cuesta mucho cubrir los costos”, explica Cerutti.

La pregunta obligada es por qué siguen haciendo arroz. Tal como ocurre con el tambo, desarmar una estructura arrocera y volver a armarla es complicado. Como también se dice en aquel sector: el que se va no vuelve. “Hay mucha gente que se ha especializado, con maquinaria exclusiva y toda una serie de costos fijos que impiden salir fácilmente de la actividad. El arroz no es para cualquiera”, concluye Cerruti convencido.

 

La nota completa forma parte de la edición de agosto de la Revista CREA

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